No es robo… es simplemente fútbol…

imagesVale, no es robo, no es injusto, no es castigo… es sólo fútbol. Lo que le ocurrió al Málaga en los últimos minutos de la vuelta de cuartos de final ante el Borussia es fútbol. Sin más. Sin paños, mantas, abrazos de madre ni tiritas. Pero duele. Y cómo…

No sé qué escuece más, si el fuera de juego de cuatro alemanes, si las suspicacias de que la Uefa le haya puesto techo al equipo que está castigado a no participar en Europa por sus ¿deudas? Si la sospecha de algunos de que habrá semifinal amañada.

No sé qué desespera más, si todo eso, o la certeza de que los jugadores tendrían que haber sido más expertos. Me levanto al día siguiente de esa noche que no acabó en gesta, sino en varapalo, y pienso en ellos. En los jugadores. En los que lloraban en mitad del campo y en los que no. Pienso en su rabia, en su incomprensión, en su “esto no puede estar pasando”. Pero pienso aún más en la mañana siguiente, y en la otra, y en la otra. Pienso en cuando piensen. Cuando todo se enfríe y tengan la capacidad de analizar por encima de Platinis y calentones.

Ahí necesitarán el abrazo, porque lo sabrán, sabrán que sólo ellos tenían la gloria en sus manos. Ellos, sólo ellos. Y que se les escapó entre los dedos… cantaron victoria demasiado pronto. Dos minutos antes de tiempo, y eso es mucho. Me duele escribir esto.

El-jugador-del-Malaga-Sergio-S_54372184692_53389389549_600_396Tanto, tanto, tanto… pero es así.

Es fútbol.

Con sus trampas, con sus duelos, con sus novatadas, con sus confianzas, con sus descaros, con sus miedos, con sus incredulidades, con sus pálpitos y con sus sospechas. Con sus sudores y sus llantos. Es sólo fútbol. Por mucho que nos escueza, es la pura realidad.

El Málaga está eliminado.

Y todo tiene que seguir.

Todo tiene que acabar para empezar de nuevo.

MARINA ROMERO

Mourinho y Casillas: una cuestión personal

images1No es el título de una telenovela, ni un capítulo de Castel… es la última entre Mourinho y Casillas. Porque está claro, clarito, que el mister lo que tiene es una cuestión personal con el capitán. Con el portero de la selección, con el hasta ahora indiscutible guardameta titular del Madrid. Y no porque el puesto sea vitalicio, no porque Casillas viva de lo que hizo… entiendo que los arroces se pasan también en el fútbol. Pero Iker sigue siendo un porterazo, el mejor del mundo dicen algunos. Yo no tengo vara de medir, y mucho menos varita mágica. Pero tengo sentido común, y lo de Mourinho es infantil, inapropiado… convertir una cuestión de fútbol en una cuestión personal me crispa los nervios. Manejar los hilos del futuro de una persona de esa forma, restarle minutos al que debe ser portero titular de la Copa Confederaciones, salir en sala de prensa a dejarnos claro tras el Zaragoza que Casillas NO jugará el resto de la temporada de liga, que NO jugará en lo que queda de eliminatorias de Champions… es demasiado. Es para cargarse la carrera de alguien. Osea que está claro: por una cuestión personal y si todo va como el Madrid espera, Casillas sólo participará de la ansiada décima para levantarla y hacerse la foto. No digo que porque tenga el alta médica automáticamente deba ser convocado para jugar y desplazar a otro guardameta, como Diego López, que se lo está currando. Aunque de esas hemos visto. Mourinho hace y deshace el puzzle a su antojo, y las cuestiones personales las viste de lecciones de madurez, véase caso Adán. Diego López merece seguir jugando. Pero Casillas tendría que haber viajado a Zaragoza. Para unirse al grupo cuanto antes, para premiar su tenacidad en la recuperación de su mano, para dejar las cuestiones personales aparte. images

Pero a Mourinho eso le da igual, por no decir que se la sopla. Porque ni imagino la cara, el gesto, el grito, de Iker Casillas cuando alce al cielo, como tantas veces le vimos, como tantas veces mereció, la copa de Europa en Wembley… si eso ocurre, la copa, los meses de barbecho, la incomprensión y las cuestiones personales le pesarán más que nunca.

Al Atleti del Cholo no le hace falta soñar…

Cuatro años, el Cholo ha renovado por
cuatro años con el Atlético de Madrid. Algo histórico en este club, nunca antes se firmó con un entrenador por tiempo parecido.

En diciembre de 2011 llegó Simeone al Atleti, yo acaba de aterrizar en AS apenas un mes antes. Él se estrenó con un empate contra mi Málaga. Y empezó una escalada de victorias y sobre todo una
remontada de sensaciones que ilusionaron a los colchoneros. No era para menos. El “Atlético del Cholo” era otro. Y recuerdo mis primeras preguntas a pie de calle en el Calderón por aquel entonces.
En pleno éxtasis la afición decía: “¡A Champions! ¡Este año a Champions”, con esa sonrisa y guiño de ojo cómplice de quien sabe
que lo que dice es una exageración, pero qué narices, es gratis
soñar…

“¡Con el Cholo podemos ir a por la Liga!”, me dijo un buen señor, mordiéndose la punta de la lengua y subiendo los hombros. Qué narices, de nuevo, es gratis soñar…

Pero no es un sueño. Ahora hago las  preguntas de calle y ya no se sueña, porque el Atético es segundo y mantiene esa posición. Es finalista de la Copa del Rey. Vale que se apeó de la Europa League que coronaba, pero el Atlético del Cholo sigue en lo más alto. Sigue subido en la cresta de la ola, sigue en el top de los sueños que ya no lo son, porque la realidad los ha superado. El Atlético sigue montado en la noria y se ha detenido a cientos de metros del suelo, sin miedo a caídas, sin miedo a desestabilizarse, porque ya tienen a su míster comandando la nave
por cuatro años más, luchando por esa “estabilidad” que sólo se consigue “partido a partido”. El Atlético tiene poco que perder y algunas que otras medallas que ganar. Tal vez la liga no, porque sólo la alcanzaría de perderla el Barça. Pero ¿y la Copa? Y sobre todo, su mayor trofeo… jugar la Champions. Lo dicho, el Atlético ya no sueña ni se frota los ojos. Se ha subido a lo más alto y por ahora, de ahí, no hay quien le baje.

MARINA ROMERO

Se abre el telón… y sale Karanka

No, no es un chiste. Es la pura realidad.

Es el circo que todos, unos y otros, hemos montado. Todos. Sin excepción.

Y estoy cansada. Cansada de tener que ir ruedas de prensa sin contenido, cansada de ver cómo 20 cámaras, 30 periodistas, tienen que llamar a las redaccciones en el momento en que se abre la puerta y sale el segundo entrenador, y no el primero, de un equipo de fútbol. Aquí me dan igual los nombres, los colores, los gustos y las preferencias. Me da igual que sea el Real Madrid o el Morata de Tajuña FC. Me la sopla. Porque los medios sí somos los mismos. Estamos allí para contar cosas noticiables, para contar reaccciones a preguntas de actualidad, opiniones de los protagonistas de un rumor. Estamos ahí para contar, no para inventar. Y si no me das lo que venimos a buscar, tendremos un problema. Y lo tenemos. Porque pase lo que pase, salga quien salga, los medios somos los acusados de manipular.

Por aquí que te ví. Yo soy la que me siento manipulada en el mismo momento en que se abre el telón y el que canta no es el primer tenor que estaba en cartel. Es el segundo, porque el primero no tiene ganas. Me siento manipulada cuando me dicen que es foie de pato y me ponen La Piara, no porque el La Piara no me guste, pero es que simplemente no es lo que quería. Me siento maniuplada cuando estoy en una zona mixta y el club decide quién habla y quién no. Dos jugadores y arreando.

Me siento manipulada cuando acudimos a un acto publicitario con Casillas y unos niños y los que preguntan son éstos. Más de quince medios desplazados y nosotros NO podemos hacer preguntas. Pero allí estamos como gilipollas contando lo simpático que es con los niños ese chaval, que gana millones en parte gracias a lo que nosotros contamos sobre él.

Y ni os cuento cuando siento manipulada a mi profesión cuando un compañero de política, sucesos, juzgados o corazón incluso, me dice que ha ido a una rueda de prensa sin preguntas. ¡Una rueda de prensa sin preguntas! Esto es la releche. Es como un bocadillo de chorizo sin chorizo, es como una copa sin hielo, como un polvo sin penetración. Es absurdo. Y ya no me siento manipulada, sino absurda.

MARINA ROMERO

El fútbol, ese deporte que es todos los deportes

El fútbol. Ese deporte que es todos los deportes. Por fama, por vicio, por dinero, por intereses o simplemente por inercia. Pero que es el rey de reyes. Le pese a quien le pese. El fútbol.
Que nos hace amar y odiar por igual. Que nos hace perder los papeles o encontrarnos a nosotros mismos. No es una diversión, ni un pasatiempo. No es una pasión siquiera. Es un modo de vida. Muchos prefieren el fútbol antes que a sus parejas. En secreto. Muchos han llorado en la soledad de un baño. Muchos se han sentido desfallecer al oír los tres pitidos del árbitro. O vibrar hasta el llanto. Muchos han deseado morir, o peor, muchos han deseado matar. Por él, por el fútbol. No se explica. No se cuenta. No se expresa. El fútbol se vive.

Te hace sentir especial en medio de 38.000 personas. Único. Te hace oír más, ver más. Gastarte el dinero que no tienes, sacar la rabia que no muestras, reír con risas que no conoces. Abrazar a extraños, insultar al aire, ahogarte en un grito. Emocionarte en un gesto, te hace recordar a otros que se fueron, que ya no oyen, no ven y no ríen.

El fútbol mueve montañas, no la fe. O la fe es el fútbol en sí misma. Porque te hace creer, rezar, encomendarte a otros, jurarte y perjurarte que todo saldrá bien, aunque nada dependa de ti. Tener esperanzas, o perderlas, arrepentirte… te hace sentir que no hay nada más o que queda toda la vida por delante.

Triunfos, derrotas, magia.

A veces se puede, a veces no, pero el fútbol, al final, siempre obra el milagro.

MARINA ROMERO

Con Anna Tarrés enfrente, digo… delante

Tuve la oportunidad de asistir a una charla con Anna Tarrés, la exseleccionadora de natación sincronizada en el Foro Espacio 2014-As. Versaba sobre la exigencia en la alta competición. Hablar de exigencia en el deporte parece de perogrullo. Pero la exigencia de Anna Tarrés parece tener otros niveles.
No me sorprendió lo que vi. Enfrente, delante quiero decir (no me gustaría enfrentarme a esa mujer), vi a una persona de carácter fuerte, muy fuerte, de mirada severa, con esas sonrisas algo forzadas, a veces forzosas, que provocan inquietud. Comenzó su exposición nerviosa, algo acelerada. Enseguida controló la situación… pronto manejaba las inflexiones de su voz. En cuanto enfatizaba demasiado diciendo “yo”, a continuación modulaba el volumen y parecía otra voz la que nos explicaba que los entrenadores se esfuerzan por enseñar a las chicas a trabajar en equipo. Habló de entrenar para ganar no para divertirse, dijo que el número cuatro debe saber que el número uno hizo algo mucho mejor que tú. Habló de exigencia por el bien de ellas, habló de que enseñan a las nadadoras a no frustrarse cuando no consiguen los éxitos.
Yo atendí exhausta de tanto pensar… muchos pensamientos fluían por mi cabeza mientras tomaba notas para hacer luego una información que iba a costarme trabajo, mucho trabajo. Pensé en que era una tía con suerte, yo, porque jamás tuve una entrenadora, ni una profesora, ni un jefe como la persona que tenía enfrente, digo… delante.

Luego llegaron los turnos de preguntas y salió el tema de la polémica carta en la que quince chicas denunciaron trato vejatorio y maltraro psicológico por parte de la Tarrés. Pero Anna supo controlar la situación. Una vez más. De nuevo esa sonrisa forzada. Contestó cosas tan coherentes como la de que si tan horrible era, por qué tres hermanas fueron acudiendo a entrenar una tras otra a lo largo de los años. Aseguró que no se sentía identificada. Sacó a la palestra a su hija, que escuchó con estupor las palabras contra su madre. Acusó a quienes la acusaron de querer cargarse la sincro, esa sincro, todo hay que decirlo, que ella reinventó en España. Habló de que había intereses en la federación que chocaban directamente con los suyos. Habló de movidas internas que me sonaron a patio de colegio o a conspiración internacional, no estoy muy segura. Habló y habló. Y nosotros la escuchamos.

Y creamos o no su versión, nos gusten o no sus conclusiones, yo me hice las mías.
Por su voz, sus gestos, su mirada directa, su tono, sus dedos tensos, su sonrisa forzada y forzosa, no lo sé… por todas esas cosas, yo saqué mis propias conclusiones sobre Anna Tarrés. Y ya no hay quien me las saque de la cabeza.

MARINA ROMERO

El culebrón Nacho, lo que me faltaba…

Estoy acostumbrada a los culebrones sobre las grandes estrellas del fútbol. Esas idas y venidas en el mercado de verano, el run run de las fichas, cláusulas y cifras de las que todos hablan y nadie acierta. Culebrones como el de Fernando Llorente, Modric, Kaká o Javi Martínez, los más recientes. Pero ahora tenemos culebrón Nacho, o culebrón cantera, como ustedes prefieran. Lo que nos faltaba.
Mourinho no confía en la cantera del Madrid. Vale, hasta ahí bien, o mal, según se vea. El míster del primer equipo se justifica diciendo que el filial juega con un sistema diferente, echa balones y mierda fuera señalando directamente a Alberto Toril, dice que quiere jugadores del Castilla para que se queden definitivamente en el Madrid, no para que se hagan la foto debutando en el Bernabéu, enmarcando la camiseta y va que chuta, nunca mejor dicho. Mourinho quiere cosas que rondan en su cabezota esa tan dura que tiene, y los demás le resbalan. Así es él. Deja cadáveres a su paso (de la talla de Zidane y Valdano) y duerme tranquilamente. Y la cantera no le va a quitar el sueño.

A mi tampoco, la verdad. He visto miles de veces esta disyuntiva, que si un jugador del filial es convocado con el primer equipo, que si no juega ni con éste ni con el suyo, con lo cual no tiene minutos, ni entrena dónde debe (algo así como los becarios de periodismo, que no pueden trabajar porque no tienen experiencia pero como no curran, no la pueden obtener). Total, que Nacho parece que está para ayudar y no para competir, eso piensa Mourinho y al chaval se le pueden pasar los trenes. Como tantos otros de la cantera del Madrid, un día se hartará y cogerá un taxi y no un tren, rumbo a otra ciudad. Pero insisto, no me preocupa. Este tema cantera es tan antiguo casi como el propio fútbol.

Lo que me preocupa es que desde hace dos semanas o más no hagamos otra cosa que hablar de Nacho. José Ignacio Fernández Iglesias. 22 años. Cada mañana cuando va a entrenar, cada día que abre el ordenador, cuando pasea por delante de un quiosco, cuando se toma algo con sus colegas, él se ve en el periódico, en los medios, en boca de todos… todos hablan de Nacho, el canterano, los titulares, las tertulias hablan de que el tema-Nacho ha abierto un cisma en el seno del Real Madrid, que ha abierto la guerra entre Mou y Toril…. Nacho, Nacho, Nacho…
¿Y Nacho? ¿Cómo está viviendo todo esto?

Yo sólo espero que todo esto no le haga sentir el rey del universo, que siga teniendo los pies en el suelo cuando por la calle un desconocido le dé un manotazo en la espalda y le diga: “¡Ey Nacho, vaya la que estás liando, tío!”.

Espero que de verdad este chaval no se estropee con tanta tontería, y que ya sea de central, de lateral o de banquillazo, siga trabajando para convertirse un buen futbolista. Porque igual Mourinho tiene razón, igual no deberían hacer debutar a tantos canteranos, igual deberían asegurarse de que estén a la altura para competir en la mejor liga del mundo, porque no sirve de nada llevarlos al primer equipo para después abandonarlos al obstracismo, porque igual con tanto culebrón sólo consiguen convertir a chicos normales, ilusionados, en auténticos idiotas, o peor, en simples juguetes rotos del fútbol.

MARINA ROMERO

La sonrisa de Marc Coma

No hace mucho tuve la oportunidad de conocer a Marc Coma. Visitaba la redacción de As y nos atendió para la tele. Llegó tras el extraño Dakar de este año, lleno de trampas y rarezas, dicen los que entienden. Injusto, aseguran, una putada para Coma, vamos, pero él entró con una sonrisa de oreja a oreja, saludando a los redactores y los jefes con manotadas y abrazos de los que desmontan, contento por ver caras amigas. Acababa de aterrizar en Madrid, al día siguiente del clásico de copa de ida de cuartos, por cierto… confesó que no lo había visto, él que es catalán (aunque creo que más perico que otra cosa) y de pronto sentí esa extraña sensación que a veces tengo: la de saber que durante media hora a mi alrededor no se va a hablar de fútbol. Una sensación no sé si placentera o agobiante, abismal o reveladora… pero la tuve.

No era fútbol, aquello era otra cosa: era una entrevista con un tipo, un buen tipo, que ataviado con su camisa y gorra llena de espónsores no hacía más que sonreír y sonreír, y echar balones fuera acerca de las faenas que le habían hecho los jueces, las normas, los gps y el barro. Estaba delante de un deportista que sabe lo que es ganar del Dakar, y más de una vez y dos y tres. Pero estaba a gusto, estaba con la persona y no con el personaje. Y me pareció tremendamente encantador. Nos contó con una sinceridad de colegas qué pasó en las tres etapas que jodieron su triunfo, la tercera en la que se perdió, la octava, en la que los jueces premiaron a quienes no supieron sortear una zona de barro, y no al revés, y la penúltima en la que vinieron a rematar a Coma los dichosos problemas técnicos. Pero él seguía sonriendo. No era mi papel arrancarle un “pues sí, me jodieron vivo”. Tampoco a él le apetecía seguir removiendo mierda. Yo sólo me limité a mostrar en tres-cuatro preguntas su sensaciones ya en frío y sus planes de futuro. Dijo que era un afortunado, que lo único que le motivaba era seguir currando para mejorar, puesto que había convertido su hobby en su trabajo. Y entonces me sentí importante. Supe que entre aquel campeón y una servidora no había tantas diferencias, o al menos, que teníamos una cosa en común: que trabajamos en lo que nos gusta. Y cuando me marchaba, feliz como cuando estreno zapatos de tacón, casi reprimí el gesto de darme un manotazo en la frente. Caí en la cuenta. Me sentía súper importante por tener algo en común con aquel deportista de élite, pero no… tenía que hacer una cosa más antes de poder llegarle a la altura de las botas, llenas de barro aún. Miré a Marc Coma, que charlaba animadamente con los redactores de motor y los jefes, cogí mi libretilla, el boli, los cables del micro… y antes de cerrar la puerta, emulando a aquel crack, sonreí a boca llena.

Pepe’s show


Los que lo conocen aseguran que es buena persona, buena gente, como decimos por mi casa… no pongo en duda que lo sea, pero Pepe es un jugador problématico, agresivo, y además, sin picardía alguna. Es un futbolista obvio hasta la brutalidad. Si en algo estamos de acuerdo la mayoría es que él mismo, y no la prensa, él solito, se ha retratado. Que sí, que tendrán razón quienes lo conocen, y será un tío al que hay que conocer con una sagres en la mano. Pero no nos toca hablar de Pepe-persona. Lo que haga las 22 horas en las que no está entrenando o en un terreno de juego, me la sopla, me la trae al pairo, me la chufla, o me resbala, eligan ustedes. Me da igual que ayude a cruzar a una viejecita, colabore con su parroquia, sea un marido fiel o mande dinero a Somalia. Insisto, me la pela. Lo que importa y trasciende es lo que haga cuando tiene la camiseta de su equipo puesta, con todo lo que eso conlleva. Y ahí me van a permitir que me olvide del Pepe-persona y hable del Pepe-fubolista. Y agárrense porque me hincho: ¿En qué demonios piensa el Madrid? ¿Es que nadie le va a parar los pies a este chico? Ya no es por la ida de olla con Casquero, ni por las patadas, entradas, camas y cagadas sucesivas, ni siquiera por el pisotón a Messi que vio todo el mundo, menos Muñiz Fernández, claro. Es porque esto ya no tiene marcha atrás. Ni una retirada a tiempo por decisión del club, de Mourinho, o de su santa madre en la siguiente convocatoria tras el clásico del pisamorenapisacongarbo, ni una invitación a leer un papelito desde casa “disculpándose” con Messi… nada de nada me vale. ¿Que el portugués pide jugar la vuelta en el Camp Nou?, se le concede, ¿que el niño quiere jugar?, pues nada, démosle otro caramelo… y ya haga lo que haga, él nos ha enseñado a mirarlo con otros ojos, con ojos malpensantes, y con razón. Y si se nos olvida durante un día y medio que Pepe es un jugador antideportivo, absurdo, sucio, ruhín, un defensa killer, no de los que revientan el balón contra la portería contraria, sino killer de matar y rematar al contrario directamente, si se nos olvida por un momento llega de nuevo un partido y él solito vuelve a ganarse los gritos de la otra grada, que ya no le pasa ni una, y cuando se nos ha ido un momentito el santo al cielo con el tema, va este hombre y vuelve a hacer el ridículo tras una mano suya ante un atónito y helado Getafe (que de sus paranoias mentales sabe un montón) y monta el show de Kleper Laveran Lima Ferreira. O lo que es lo mismo, el Pepe’s show.

Una lástima, la de este chaval de 29 años, del que ya no hablamos (ni hablaremos me temo como siga así) sobre sus enormes dotes de central, su impresionante visión de juego, de su envergadura física o de su imprescindible poder de construcción en el Madrid. Ya no hablaremos de su sudor y lágrimas para llevar la camiseta que lleva. Ni hablaremos de que es un pedazo de jugador y, mucho menos, del pedazo de pan que es como persona, como dicen sus amigos. A mi lo único que me importa ya es que alguien haga algo, que le busquen un buen psicólogo, un buen castigo o un buen polvo, pero que alguien haga algo para que aprenda a tranquilizarse y podamos dejar de temernos, todos los que amamos el fútbol, que un día el pedazo de pan, el pedazo de futbolista, haga pedazos a otro.

Hoy…

No es porque sea Navidad ni niño en la cuna ni zambombas. Hoy me voy a la cama orgullosa, felíz y agradecida. Estoy sacando tiempo para observar el mundo, de vez en cuando me está dando la gana de pararme, detenerme y regodearme. Nos lo debemos, si no a nosotros, se lo debemos a otros. Seamos felices los que podamos, joder, que no cuesta tanto… hoy se ha muerto una persona que sólo conocía de oídas. Un desconocido al fin y al cabo. Lo único que hice por él fue llamar a una buena amiga por si tenía contactos en un hospital de Málaga para que mimaran su ingreso. Unos días antes de Navidad, niños en las cunas y zambombas, con apenas 40 años, este desconocido ingresaba por unas molestias. Ha pasado las fiestas entre camillas, batas, biopsias, resultados, traslados, angustias y esperanzas, todo junto. No ha tomado turrón ni cava. Ni siquiera le han dado quimioterapia. No le ha dado tiempo. Ingresó con unas molestias, seguramente había jugado un partido de padel como me han dicho que solía hacer este desconocido. Y hoy está muerto.
Da igual que sean Navidades ni que haya niños en las cunas ni zambombas. ¿Por qué pensar en lo tristes que por cojones tienen que ser estas fechas? ¿Por qué despotricar por las carreras, las compras, los perfumes y las tablets? ¿Por qué quejarnos tanto de lo que hemos comido y bebido? Que cada uno haga con su tiempo lo que le dé la gana. Lo único que importa es que seamos conscientes de que estamos aquí. Hoy. Porque él ha muerto mientras el resto descambiábamos un regalo, nos peleábamos con un ordenador, nos quejábamos de no podernos echar una siesta o nos tomábamos una cerveza.
Por eso me obligo, (no se me hace difícil de todas formas) a pararme y observar. Y en el bullicio y el tráfico de una calle veo de pronto a cuatro desconocidos que no dudan en sacar un coche a rachas cuesta arriba. Otro desconocido sonríe orgulloso ante el volante de su destartalado coche por este acto de amor ajeno. Además nadie pita, aunque nos atasquemos. Estamos haciendo algo por alguien. Por eso me paro y observo de pronto en otra acera, en otra ciudad, a un hombre de unos treinta años con parálisis en una silla de ruedas. Tiene el gesto torcido en lo que parece ser una sonrisa. No es eso lo que me llama la atención, sino que otro hombre también de unos treinta años le acaba de besar en los labios. No sé si es su pareja, o su hermano. Me da igual, no importa. Sólo sé que eso hoy me ha hecho sonreír.